Vida líquida

Cada vez queda más de manifiesto que las reglas del juego no son las mismas para nuestra generación que para la que nos precede. Y, sí, que disponer de un techo suponga la mitad de nuestro salario (más o menos según sea este) ya era una señal.

El lema “no vas a tener una casa en tu pu*a vida” es aplicable para los millenials, ¡nos viene al pelo! Nos comimos la crisis del 2008 enterita, cuando empezábamos a arrancar, como quien dice. Y ahora se nos viene encima otra que no pinta muy bien tampoco.

Pero este artículo no trata de meterse en hipotecas o alquileres, intentaré profundizar un poco más sobre el asunto. Ya empecé a tocar este palo en el post sobre la crisis del COVID19 y más concretamente en el que cuestionaba la propiedad privada tal y como la conocemos.

A medida que van pasando los años hay una cosa que me queda cada vez más clara y es que lo único constante es el cambio. De hecho, intentar que las cosas no cambien es oponerse a la evolución natural de las cosas, sea oponerse a tu relación contigo mismo, con tu pareja, con tus amigos, con tu trabajo, con el lugar en que vives…

Volviendo al tema del principio, lo que quiero decir es que siempre ha existido una opción fácil que consistía en seguir el camino establecido por la generación anterior, como si la vida fuera de ir tachando cosas en una especie de check-list vital:

  • 👔 Trabajo fijo
  • 💍 Pareja estable
  • 🏢 Piso en propiedad
  • 🎓 Título
  • 👶🏼 Hijos
  • BONUS TRACK: casa con jardín, perro, caseta para el perro, cortacesped, monovolumen… ¡y una moto, que soy un aventurero! 🏍️

Pero ojo, porque ese check-list está basado muy profundamente en el materialismo. Además, es caduco porque como he dicho antes, ¿de verdad nuestra generación está en condiciones de aspirar a cumplir todo eso? A ver, cuando se suceden cambios de paradigma SIEMPRE hay una parte de población que puede seguir en la senda, generalmente gracias a la ayuda de sus familiares (ojo, nadie es culpable de disponer de una “vida fácil” ni es mejor ni peor persona por ello). Pero como norma general, me reafirmo.

Pero vayamos todavía más lejos. Basta con echarle un vistazo a la lista anterior para darse cuenta de que todos los puntos tienen que ver, mayormente, con un apego a la estabilidad: que las cosas sean conseguidas y ya, que no se me muevan… ¿Cómo hemos podido creernos que la vida funcionaba así?

Los que ya hemos tenido varios trabajos, varias parejas, hemos vivido bajo varios techos y en diversas localidades hemos ido aprendiendo que las cosas son líquidas, que, como decía la canción “nada es para siempre” (al menos como es ahora mismo, no quiero desanimar a los románticos).

Y, ojo, porque ya está bien que sea así. En primer lugar, porque es lo natural. Incluso a gran escala, a nivel universal, todo está en movimiento. La Tierra es habitable desde hace 4 días, como quien dice. Hace millones de años la Antártida era una selva, etc. ¿Y tú quieres que las cosas se estén quietecitas? Y por otro lado porque el ser humano tiene una facilidad pasmosa para cansarse de la estabilidad. Vamos a rebatir los puntos anteriores, venga.

Consigue un trabajo fijo. Da mucha ansiedad estar como temporal, viendo como te renuevan el contrato semana a semana (el problema de base es el dinero, claro está). Pero luego te hacen fijo y cuando llevas 3 o 4 años haciendo lo mismo es muy difícil que tu nivel de motivación e implicación se mantenga estable y como al principio. He visto muchos casos de trabajadores que estaban deseando terminar de trabajar en su actual puesto de trabajo, por puro aburrimiento, pero ese contrato fijo que tanto ansiaron les encadenaba o bien a quedarse o a irse renunciando a indemnización alguna y a paro.

Consigue una pareja estable. Mola mucho cuando conoces a alguien con quien conectas, es la ostia, sobre todo al principio (con las hormonas revoloteando por ahí). Pero si partimos de la premisa de que tú no eres el mismo que hace dos años y que de aquí dos años no serás el mismo que hoy y que lo mismo va a ocurrirle a tu pareja… ¿Cómo crees que puede afectaros eso? A lo que me refiero no es a que las parejas estén condenadas a muerte desde su nacimiento (aunque, quizá por propio concepto, todo lo que empieza tiene que terminar en algún momento) ya que si vais sabiendo modular vuestras frecuencias sincronizadamente deberíais poder seguir estando a gusto juntos (perdón por la metáfora, pero no se me ocurre otra forma mejor de decirlo). Pero si vuestras frecuencias dejan de solaparse, dejaréis de funcionar. ¿Lo mismo puede pasar con los amigos? Obviamente.

Ánclate a un sitio con una hipoteca bien chula. No voy a entrar a debatir si es mejor una hipoteca o un alquiler, no se trata de eso. Si no de que, ¿cómo puedes estar seguro de que este piso es para ti, para siempre? Desengáñate, tú vas a cambiar, tus circunstancias también (hijos o ingresos, por ejemplo) y el entorno también lo hará. Anda que no hay gente que está harta de ver cómo el tranquilo barrio de entonces se ha degradado…

¿Y qué decir de la formación? Pues que no puedes pretender terminar una carrera y dar el asunto por concluído (quien dice carrera dice Ciclo Formativo, cursillo lo que sea). Si de verdad te apasiona lo que estás estudiando no vas a poder parar de consultar y aprender cosas relacionadas de forma continua. Y si es un suplicio… es que quizá no era para ti. Sea como sea, ya sea para no oxidarse, mejorar o incluso reinventarse, uno no puede dejar de formarse, la formación no es una línea de la lista de cosas que hacer, que tachas y listo.

En cuanto al tema hijos no me voy a meter, ya que probablemente los hijos son lo único que sí te vaya a quedar hasta que mueras. Y tu amor por ellos. Pero ten en cuenta que, según la vida líquida que nos ha tocado vivir, es muy probable que se conviertan en hijos de padres separados, como casi todos 🤷🏻‍♂️

En cuanto al bonus track o sueño americano, sólo puedo decir que rodearse de bienes materiales solo supone una carga financiera que, de nuevo, no nos podemos permitir. Y que estas necesidades materiales (autoimpuestas o impuestas por la sociedad de consumo) son las que nos obligan a enmarronarnos a dedicar nuestras energías a trabajos que no nos gustan “porque pagan las facturas”. Y que dedicando una parte tan importante del día (y, por tanto, de la vida) a trabajar para otros, te quedas sin tiempo y sin energías para trabajar para ti. Que, quizá, podrías ser feliz con menos si hicieras lo que te gusta.

En fin, no digo que no podamos ser felices en una relación de pareja o estableciéndonos en un piso de forma indeterminada o metiéndonos en un proyecto profesional. Pero sí debemos saber cuándo toca decir “basta” (por nosotros mismos o porque la situación ya no debe ser alargada más) y pasar a otro capítulo. Al fin y al cabo, de eso va este libro que llamamos vida.


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