Privados por la propiedad privada

En los últimos tiempos hay un tema de conversación que está empezando a surgirme a menudo con diversas personas y es referente a la propiedad privada tal y como la conocemos, desde el prisma consumista o capitalista, si queremos llamarlo así.

El modelo clásico ya no funciona, ya que los precios son cada vez más altos y los salarios cada vez más bajos (al menos en España y en proporción entre ambos). Lo que hace que el modelo de la generación de nuestros padres (o “sueño europeo”) sea irrealizable para una proporción cada vez mayor de la población.

Y me refiero al hecho de poseer un coche para ti, una vivienda para ti, una cafetera para ti, una lavadora para ti, etc. etc. Objetos que, normalmente, son muy poco rentabilizados, ya que están más tiempo sin uso que en uso. Piénsalo. Tu piso, por ejemplo. Tus sartenes. Con tu coche vas y vuelves del trabajo y poco más en tu día a día.

¿ Tiene sentido desde un punto de vista práctico? Porque me parece que no. Del mismo modo no es sostenible medioambientalmente que cada uno de nosotros tenga su propia tele. Si bien es cierto que hay ciertas cosas que sí deben ser propias del individuo, los electrodomésticos y demás formas de máquinas y herramientas se verían afectadas por este cambio de paradigma, que nos conduce de forma casi irremediable a una propiedad más colaborativa y difusa, donde los objetos pueden ser “tuyos” a ratos, just in time, solo mientras los necesites.

De hecho, el modelo de los patinetes eléctricos de alquiler por uso llevan tiempo campando por las calles de las metrópolis del mundo. Y ese mismo modelo se ha empezado a aplicar con coches. Y esa es la línea a seguir. A la que nos demos cuenta volveremos al concepto de las casas grandes, las de nuestros padres y abuelos. Esos pisos que en su momento nacieron con el concepto opus-deisiano de “vamos a formar una gran familia” o, lo que es lo mismo, vamos a llenar la casa de nenes y nenas resulta encajar con este nuevo modelo, que recuerda a la casa de un reality show, en que existen unos espacios comunes para compartir (sala de estar, cocina, área de lavandería y baños) y estancias privadas.

Porque ya no se trata solo de no tener más de lo necesario sino de no pagar solapadamente. Porque yo pago impuestos por tener derecho a electricidad (bastante altos, por cierto, la mayor parte de la factura). Pero lo mismo te ocurre a ti. Y a Pepito. Y a Jaimita. Si los 4 viviéramos juntos solo pagaríamos impuestos una vez y no cuatro (aunque nominalmente serían más que los que pagamos cada uno de nosotros a título individual, proporcionalmente nos saldría más económico). Esto mismo sería aplicable ya no solo al resto de facturas si no que no estaríamos hablando de 4 neveras, 4 lavadoras, 4 cafeteras y 4 coches. ¿Hablamos entonces de un nuevo concepto de familia, de comunidad, basado en la amortización y optimización de los costes y espacios?

Teniendo en cuenta que un hogar promedio necesita 52 semanas de trabajo anuales (de las 53 disponibles) para cubrir sus necesidades, nos encontramos en que, dramatismo aparte, vivimos una época dorada de la esclavitud: trabajar a cambio de techo y comida. Lo que ahora a la comida se le suma el internet, el teléfono, Netflix,…

Este cambio en el modelo implicaría un par de cambios profundos para el individuo: por un lado la pérdida de la intimidad, incluso en el caso de las parejas, que pasarían a vivir junto con otras personas, solteras o no. Obviamente, a más gente, más problemas, ya que no todo el mundo es compatible o ni siquiera buen compañero de piso. Pero las ventajas económicas son brutales, ya que por muy poco dinero el individuo podría disponer de todo aquello que pudiera necesitar, quedándole un margen muy alto de su salario para ocio, inversión y ahorro.

Sea como sea, teniendo en cuenta el desequilibrio cada vez mayor entre los ingresos y los costes del individuo, esta tendencia va a ir materializándose delante de nuestros ojos sin que nos demos cuenta. O mucho tendrán que cambiar las cosas para que no sea así.


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