Ojalá aprendamos algo de todo esto

Parece que la crisis mundial por la pandemia del COVID-19 nos está bajando a todos un poco los humos y poniéndonos en nuestro sitio. Está obligando a la sociedad a adaptarse a nuevas formas de resolver el día a día. Y entonces es cuando uno se pregunta si estas no podrían haber llegado para quedarse.

Por un lado, la (prácticamente) paralización de la industria, el turismo y el transporte nos han hecho darnos cuenta de que el mundo es capaz de sanarse a sí mismo si nos quitamos de enmedio. De hecho los niveles de contaminación hacía tiempo que no eran tan bajos e incluso da la sensación de que el clima es menos cálido y seco de lo habitual. Ya hablé de esto en este artículo.

Todos queremos explorar el mundo pero ¿hasta qué punto es responsable por nuestra parte?

Pero en referencia al párrafo anterior, ataco también al tema del turismo. Quizá el turismo de masas con miles de vuelos yendo de un lado para otro incesantemente deberá ser replanteado ya que basta con pensarlo un poquito para darse cuenta de que no es sostenible desde un punto de vista ecológico. O hacemos que el transporte sea menos (o nada) contaminante, o casi mejor intentar movernos menos. Y ojo, no hablo de no viajar si no de quizá volcarnos más hacia adentro, hacia un turismo más de proximidad.

A nivel de organización de la sociedad las cosas también están muy cambiadas. Por ejemplo, hablo del teletrabajo. Está claro que una enorme cantidad de puestos de trabajo requieren ser realizados presencialmente pero muchos otros podrían realizarse perfectamente desde casa (o desde cualquier sitio con conexión a internet). Una vez termine todo esto, ¿hasta qué punto será necesario que el informático de mi centro se pase las 40 horas semanales en el centro de trabajo? Es decir, está claro que tendría que acudir eventualmente a reuniones periódicas y a realizar ciertas operaciones. Pero si el 90% de su trabajo puede hacerlo telemáticamente, ¿de verdad hace falta que vuelva a lo de antes por mucho que se supere esta crisis?

Por varios motivos, el trabajo y la formación deberían tender más a la flexibilidad: mientras se tenga conexión a internet debería valer

Tres cuartos de lo mismo si hablamos de la formación. Y me refiero también a la de los chavales. Ojo, no digo que no se junten, deben socializar. Pero quizá dicha socialización debería centrarse más en el desarrollo físico o de ciertas cualidades. Hablo del deporte y del teatro, por ejemplo. Pero juntarlos en una sala para que estén sentaditos escuchando a un señor soltar la perorata pueden hacerlo perfectamente desde casa (o, de nuevo, desde cualquier lugar con conexión a internet). Se repite el concepto: habrá que llevar a los estudiantes a un sitio físico a realizar los exámenes y para la parte práctica de las materias, pero ¿es necesario para la teórica?

De aquí sale un pero importante: y es que los centros educativos no dejan de ser una “guardería” donde dejar a los críos mientras los papis trabajan. ¿Podría resolverse esta situación potenciando el teletrabajo? Si al menos uno de los papis trabajara desde casa la situación podría ser más o menos asequible.

Se avecina tormenta económica. ¿Qué será de nosotros?

En referencia a este último punto todo apunta a que en cuanto salgamos de esta crisis sanitaria se nos viene encima una crisis económica de las gordas. Como siempre, las multinacionales más poderosas podrán aguantar el placaje, pero las PYMES se están yendo al traste y consistuyen la base de nuestra sociedad. Menuda mala suerte tenemos los milenials. Cuando empezábamos a currar como quien dice, nos vino la crisis de 2008 (que, francamente, habría que ver hasta qué punto ha llegado a ser superada). Desde entonces sólo hemos podido optar a trabajos más bien pobres y por los que hemos tenido que competir (con lo que algunos empresarios han aprovechado para empobrecer aún más las codiciones). Y ahora que parecía que más o menos volvíamos a remontar, nos viene esta.

Ojalá me equivoque, pero me da la sensación de que muchos puestos de trabajo sometidos a ERTE no van a llegar a recuperarse. Sí, se supone que las empresas están obligadas a recuperar a los trabajadores en cuanto pase la tormenta. Lo que probablemente ocurrirá es que acabarán argumentando que no entra faena y que por lo tanto no necesitan tanto personal. Y ya sabemos lo que ocurre, que se activará el círculo vicioso del 2008: menos gente trabajando, menos gente gastando. Si hay menos gente gastando hacen falta menos trabajadores. Con lo que hay aun menos gente gastando. Y así.

No quiero ser catastrofista con esto, pero como decía aquella tan manida frase: “crisis” y “oportunidad” son la misma palabra en chino. O, dicho de otro modo, quizá es el momento de empezar a impulsar una nueva economía, donde el individuo sea más independiente. Hablamos de freelancers, autónomos o como quieras llamarle. Pero eso de confiar en que papá estado o papá empresa te van a resolver la vida… Ya hemos visto que no dura mucho.

Te están empujando a moverte y sacar adelante tus propios proyectos. Si no te dan trabajo, te lo vas a tener que crear tú mismo

Dejando el terreno económico aparte y centrándonos en el social, aquellos que han tenido que dejar de trabajar se han visto en la obligación de ocupar su (ahora mucho) tiempo libre con nuevas actividades: deporte o formación, por ejemplo. Sería genial que en cuanto todo vuelva a la normalidad siguieran aprendiendo a tocar la guitarra, inglés o programación, por ejemplo, y manteniéndose en forma en lugar de volver al sofá y al fútbol o Netflix. Lo mismo digo para los papis que están teniendo a hacer un master a marchas forzadas de cómo mantener entretenidos y a ralla a los niños. Una vez volváis al curro seguid jugando con los críos como en estos días.

Es decir, quizá lo que consideramos un problema no deja de ser un éxito a nivel individual: nos empuja a mejorar

También la situación actual nos está obligando a comprar con más cabeza (aunque algunos al principio acapararon de forma totalmente egoísta y desproporcionada) y a volvernos menos consumistas. No puedes ir al cine ni al bar, pero la vida sigue. ¿No puedes gastarte el dinero en depende qué chorraditas? Pues casi que mejor. Quizá aprendemos a valorar lo que ya tenemos. Y todavía mejor, a darnos cuenta de que estábamos consumiendo productos que no aportaban valor a nuestra vida.

Por otro lado, podríamos también plantearnos hasta qué punto es normal que sea más barato comprar un aparato nuevo que repararlo. O cualquier otra cosa. Si esto se debe (lógicamente) a que el fabricante ha ahorrado en mano de obra (porque es de un país subdesarrollado) quizá lo más responsable por nuestra parte sea apostar más por la fabricación nacional o, al menos “made in the EU”. Por no hablar del comercio local.

Aunque quizá lo mejor de toda esta experiencia es ver cómo, a pesar de que esta situación crítica ha hecho aflorar comportamientos negativos (avaricia y falta de empatía y respeto por los demás) en algunos individuos (bueno, realmente ha hecho que se quiten la careta) también ha empujado a la gente a la solidaridad: vecinos que cuidan de los mayores del bloque, caseros que dejan de cobrar a sus inquilinos, empresarios que se ponen a disposición del Estado, y, en general, individuos que han procurado mantener la calma, cuidar de los suyos y, en algunos casos, procurar entretener a sus amigos en redes sociales, payaseando (como un servidor).

También nos ha hecho darnos cuenta de quiénes son los pilares de la sociedad: los sanitarios, policías, bomberos y el personal generalmente menos reconocido: cajeras, camioneros, barrenderos, personal de limpieza, operarios de fábrica, mozos de almacén…

Me pregunto qué sería de nosotros sin la sanidad pública

En definitiva, la sociedad está sacando la parte más humana y eso es genial. Ojalá sigamos siendo así de empáticos y buena gente una vez pase esto. Y a ver qué mundo nos queda. Porque me da que va a ser más fácil levantarlo de nuevo que intentar repararlo.


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