La granja

Acercándose un poquito más al borde del barranco, donde se escondió  el perro, pudo divisar la granja. Con Bruno, llegó al valle, y a la finca. El agricultor se empeñaba en alabar sus tomates y sus berenjenas, pero el caminante insistía en otras plantas.  Tras comprarle un melón, unos calabacines y tres manojos de calçots, cejó en su empeño de comprar la mejor marihuana de la comarca. Le habrían informado mal, se dijo. Aceptó una porción pequeña de un postre casero al despedirse.

Los calçots se veían estupendos, y le animaron a hacer una calçotada el fin de semana.  Ya en su cocina, tras comer el pedazo de tarta, hecha por el granjero, le dió un poquito a Bruno. Poco después concluyó en pensar que sí había encontrado el lugar del cultivo del que tanto se hablaba, pero ese detalle ya le era indiferente. Bailaba con su perro, los dos muertos de risa, bajo la luna, quien les contestaba.


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